lunes 19 de diciembre de 2011

Todos mis muertos.



Dedicado a mi amigo Rula y a la inolvidable y queridísima Lolo.

martes 11 de octubre de 2011

Pescando en El Sella.



Dedicada a los estuvieron antes que nosotros y a todos los españoles que se atrevieron a cruzar medio mundo buscando un futuro mejor.

lunes 29 de agosto de 2011

martes 2 de agosto de 2011

De cerdos, peces y burros.



y este es el párrafo final que no me dejaron publicar...

"No quiero parecer hostigoso, pero hay cada ocurrencia y tanto loco suelto con un escaño, que no me extrañaría que algún venerable chupamedias proponga una ley lisonjera que prohíba bautizar un burro con el nombre de Sebastián".

miércoles 20 de julio de 2011

miércoles 22 de junio de 2011

Decapitar al padre.



Dedicada a todos los padres que sobrevivieron a sus padres.

lunes 14 de febrero de 2011

martes 1 de febrero de 2011

La doble vida de Vergara.



...dedicada a todos los niños que nunca se atrevieron a sacar a bailar...

lunes 17 de enero de 2011

sábado 8 de enero de 2011

lunes 20 de diciembre de 2010

Una pequeñita historia de Navidad


Dedicada a todas las personas que, aunque ya partieron, siguen estando con nosotros.

lunes 6 de diciembre de 2010

Ojos cojos.



Epílogo: El sábado en la mañana, un director de la Unión leyó la columna y le gustó tanto que me contactó para ofrecernos ver el partido en uno de los palcos del Santa Laura. La Unión ganó 2 a 0 y mi viejo parecía cabro chico. Hace mucho que él no se veía tan feliz.

El Guadalupe


lunes 30 de agosto de 2010

Un título para Chile.


Recomiendo no leer el textito destacado en magenta. Lamentablemente adelanta el final de la historia.

lunes 16 de agosto de 2010

Un santo en la corte.


Dedicado al Hermano Fernando de la Fuente y a todos los profesores de vocación que buscan un mejor futuro para los jóvenes de este país.

Tarde de perros.


Quiero aclarar que en esta columna sólo me refiero a ALGUNOS defensores de los animales, no a todos, no dudo que mucha gente realmente ayude a los perrito pero mi crítica va dirigida hacia los que se afanan en aguachar quiltros y dejarles comida en la calle pensando que así les hacen algún bien. Siento que los animales que están botados sufren una muerte lenta e indigna, por eso porpongo la eutanasia selectiva, una muerte rápida e indolora (como lo hacen todos los veterinarios de los perros enfermos de gravedad) de los ejemplares más enfermos. Al menos creo que es un problema serio, profundo, que es necesario debatir y que, lamentablemente, no se ha solucionado con el esfuerzo de algunos pocos.

martes 6 de julio de 2010

Prefiero el fútbol que el Mundial

Ya empezó el partido?", preguntó ella. "Llevan media hora", contestó Rodrigo, sin sacar la vista de la pantalla. "Me encantan los mundiales", dijo la mujer, mientras tomaba palco en el mismo sofá donde su esposo se extasiaba con gambetas. En menos de un minuto la señora volvió a disparar: "¿Y quién está jugando?". "Camerún contra Suecia", respondió su marido con la paciencia en los descuentos, "y ¿cuál es cuál?", inquirió ella. "¡Suficiente!", gritó él. La respuesta era tan obvia que sin necesidad de mostrarle tarjeta roja, Rodrigo la expulsó de la habitación.

La anécdota ocurrió en el Mundial del 94 y demuestra que para un futbolero como yo, ver una pichanga es como ver una película, por lo mismo, siempre es preferible estar solo que mal acompañado, pero como el Mundial está de moda y nadie quiere "perdérselo", generalmente terminamos frente a la tele tratando de ver un partido (TVN mediante) rodeados de personas que no saben que el fútbol es sagrado, por lo que se dedican a profanarlo preguntando por qué los árbitros ya no se visten de negro o haciendo un ranking de los jugadores más guapetones, sin respetar siquiera que un zurdo esté sacando un centro en velocidad.

El fútbol me gusta todo el año, no solamente cada cuatro es mi placer culpable, soy de los que pueden pasar una tarde de sábado haciendo cualquier cosa mientras escucho un partido por la radio. Sin importar quién juega, me entretienen esas transmisiones donde los relatores tejen sus clichés y donde el sonido de una alarma de gol es capaz de paralizarme el corazón (sobre todo, si mi querida Unión Española está jugando a la misma hora sin que nadie lo transmita).

Quizás este amor se deba a que el fútbol me hace volar a la infancia o porque me parezco a mi viejo, no lo sé, lo único que tengo claro es que el cariño dura sólo mientras la pelota está rodando; lo que está fuera de los 90 minutos me desagrada casi tanto como el equipo que sólo busca empatar. La barra brava, la farándula y un largo etcétera con alargue y definición a penales, lo único que logran es empañar la pelota.

Lamentablemente, en los mundiales la tontera se lleva la copa. En Sudáfrica, por ejemplo, se jugarán 64 partidos, lo que significa alrededor de 96 horas de fútbol; la idiotez en cambio está presente las 24 horas de los 30 días que dura el Mundial. Estoy cansado de escuchar mujeres que, con la camiseta del machismo bien puesta, alegan porque durante un mes sus maridos no les prestarán atención, aburrido también de los asomados, de las modelitos que se visten y desvisten con colores patrios y de esa insufrible canción de Shakira que tocan más que a Beethoven en la Naranja Mecánica (la película, no Holanda del 74).

Pero bueno, finalmente se apaga la tele y listo, pero lo que me resulta cada vez más intolerable de los mundiales y de los partidos de la Selección en general es el chauvinismo irracional y despreciable que juega de titular en las cabezas de mucha gente, el patriotismo prepotente que sale a la cancha en conversaciones cotidianas o ese racismo obsceno y lapidario que hace rato debería haber colgado los botines. Incluso, a personas que parecen sensatas las escucho descalificar un país o una cultura sólo porque metieron un gol más que nosotros.

El último partido de Chile lo iba a ver con mis hijos y mi mujer, pero apareció por mi casa un amigo al que nunca le ha gustado el fútbol. No me avisó, simplemente llegó de hincha (pelotas), con sombrero de Chile, la cara pintada, bandera de capa y hasta con vuvuzela (la que requisé de entrada). Cuando todavía íbamos empatando me pidió que le explicara la ley del "outside". No le di bola, ni siquiera le aclaré que se llama "offside". Luego vino el primer gol y empezó a insultar el color del brasileño que saltó más alto que nuestros defensas, ahí le mostré amarilla. "A la próxima te vas", le advertí. No habló más.
Con el final del partido pasó de la rabia a la pena, básicamente, porque ya no podría ir a celebrar a Plaza Italia. Yo, en cambio, no quedé tan triste, me lo esperaba, como soy de la Unión, de Chile, de España y del Gijón (en ese orden), tengo claro que en esta afición hay más luto que vuelta olímpica. Las penas del fútbol se pasan con fútbol y vendrán nuevos mundiales, entremedio se decantará la tontera y volveremos los de siempre a sintonizar la radio en busca de un partido, esperando que suene una alarma de gol.

miércoles 23 de junio de 2010

Rakastan sinua poika.

La nota alta de la noche la dio la historia de Totito. Cuando recién llegué a Barcelona, hace dos meses, un amigo me invitó a una comida en su casa, y antes del postre, nos habló de su tío abuelo un señor de 92 años, vallisoletano, músico jubilado y patiperro de vocación, al que todos llaman Totito y que dedicó su vida a recorrer el mundo con su violín. No tuvo esposa ni tampoco hijos hasta hace un par de años, cuando abrió la puerta de calle y se encontró de frente con otro abuelito que lo abrazó y en un muy mal español le dijo: "Papá, soy su hijo, vine a estar contigo".

Claro, Totito no sólo tocó el violín en sus viajes, y fue así como una noche, después de un concierto en Helsinski, conoció a una especie de grupi de la época y haciendo un dueto al ritmo de una botella de vodka, interpretaron la sinfonía más antigua de la humanidad. La obra que compusieron se llamó Kalevi y 72 años después estaba parado frente a la casa de su papá.

Debo aclarar que la tocata y fuga de Totito se debió a que la madre del niño, como buena mujer del frío y calculador norte de Europa, sacó cuentas y concluyó que recibiría más ayuda del Estado finés como madre soltera, que de lo que imaginaba podría enviarle el violinista de una noche. Entonces, lo que duró una semifusa se eternizó en un silencio de redonda. Pero al escuchar al pequeño y arrugadito Kalevi, Totito no desentonó, lo dejó entrar (no sólo a su casa) y tomó la batuta de la relación convirtiéndose en un verdadero padre para el jubilado crío.

Mientras mi amigo seguía con la historia, el resto de los invitados bromeábamos imaginando a Totito en una plaza columpiando a su hijo-abuelito o poniéndole bloqueador y alitas para llevarlo a la piscina, dándole un platanito molido a cucharadas o recibiéndolo en su cama a medianoche porque tenía "shushto" (dicho así no por guagualón, sino porque Kalevi se sacaba la placa antes de acostarse).

Seguramente, en vez de enseñarle a andar en bicicleta le mostraría cómo usar una silla de ruedas, o si nunca hablaron de sexo, podrían tener una conversación de hombre a hombre sobre el examen de la próstata. Aunque lo más probable es que el hijo terminara cambiándole los pañales a su padre, hicimos un brindis (con vodka obviamente) por el tiempo que pasaron juntos. En esos tres meses se conocieron y se disfrutaron comprobando lo mucho que se parecían; tenían la misma pelada, los dos sufrían de gota crónica y compartían igual grado de astigmatismo en el ojo derecho.

Se divirtieron como niños, pero llegó el día en que Kalevi tuvo que volver a su Helsinski, así que se despidió con un fuerte abrazo y un: "Chao, papá, me hiciste mucho muy feliz".

Lo que más me gusta de Totito, es que está dedicando el resto de la poquita vida que le queda a su nórdico hijo. Todos perdemos tiempo en este mundo y por mucho que lo intentemos es imposible recuperarlo, lo único que podemos hacer es no desaprovechar lo que nos queda, como Totito, que no gastó ni un segundo en recriminaciones, ni en buscar culpables, ni reprochar a nadie; "lo pasado, pisado", como dijo él, y a mirar para adelante. Bromas aparte, hasta el día de hoy le manda una mesada a fin de mes a su hijo, un regalo para el cumpleaños, para el santo (sí, se averiguó cuándo se celebra San Kalevi) y para la Pascua de Reyes. El resto del tiempo, Totito recorre los mismos bares de Valladolid donde antes mostraba su virtuosismo con los arpegios y escalas, pero ahora mostrando algo mucho más importante para él, la foto de su "pequeño".

Hace unos días llamé a mi amigo de Barcelona para saludarlo y obviamente, preguntar cómo estaba el bueno de Totito. "De maravilla", me contestó, agregando que lo último que supo es que su tío abuelo había tomado un curso básico de finlandés por internet (para lo cual primero tuvo que aprender cómo se usa internet) y este fin de semana volaba a Helsinski.

Después de cortar, me quedé pensando si el viaje lo hacía justo ahora porque este domingo es el Día del padre. Pero no lo creo. De lo único que estoy seguro es que, al igual que Totito, voy a recibir el mejor regalo que a un papá le pueden dar, porque en estos momentos yo también debería estar arriba de un avión, volando directo y sin escalas a los brazos de mis hijos.


Dedicada a Fidel de Castillo, a su familia y por supuesto, a su tío abuelo Totito.

lunes 7 de junio de 2010