lunes, 27 de octubre de 2014
sábado, 5 de julio de 2014
martes, 1 de julio de 2014
viernes, 27 de junio de 2014
miércoles, 21 de mayo de 2014
viernes, 16 de mayo de 2014
sábado, 22 de marzo de 2014
miércoles, 29 de enero de 2014
domingo, 29 de diciembre de 2013
jueves, 31 de octubre de 2013
martes, 24 de septiembre de 2013
¿Qué es la rutina?
miércoles, 21 de agosto de 2013
Crítica en serie.
Un hombre bueno se vuelve malo para, finalmente, convertirse en el mejor. Esta podría ser la premisa con que se mueve (y nos conmueve) Breaking Bad, la multipremiada serie de televisión protagonizada por un profesor de Química honrado y simplón que, debido a un cáncer terminal, comienza a fabricar metanfetamina para costear operaciones, quimios y radioterapias. De principio a fin (o de fin a principio, como se estructura cada capítulo), una oda galopante a lo políticamente incorrecto y que, con sólo ver el piloto de drogas color cian, mafia inocentona y antihéroes de neón, te conviertes en adicto (incluso, padeciendo síntomas de abstinencia cada vez que termina una temporada).
Muchos talentos literatos y creativos emigraron al cine y después a la televisión y, mientras Hollywood sigue rodando refritos con aceite del Tarragona y precuelas basuras en metrajes eternos, aparecen varias series iluminadas que ganan por paliza el título de ser llamadas “Séptimo Arte”. Incluso, me atrevo a comparar estas producciones con literatura de verdad, lanzando la teoría de que una película es a un cuento largo como una buena serie a una novela de perilla. Por lo mismo, últimamente me he transformado en un devoto de éstas y gracias a San Torrent, patrono de la piratería y el download de calidad, puedo tener todos los capítulos de una temporada y zamparme una maratón de trinchera esperanzadora, parapetándome de las balas lateras faranduleras, estelares sin brillo y realitys de arcada con que bombardean cada noche el horario prime.
Lejos quedaron los tiempos en que no existía el control remoto y las series eran tan chicas como la pantalla del televisor, desde CHiPs (con el machote y casposo Poncharelo), Los Magníficos, MacGyver (el insufrible escarmenado, capaz de construir una bomba atómica con un clip y una lata de laca), El Auto Fantástico (con el mismo actorucho que luego protagonizaría otro adefesio como Guardianes de la Bahía) hasta Los Dukes de Hazard, chatarra pura y dura en 30 minutos.
Durante años desprecié el formato hasta que me topé con Six Feet Under (la historia de una familia dedicada a los negocios funerarios y el embalsamamiento) y descubrí una belleza de negrura capaz de convertir nuestra fascinación por la muerte en una claraboya narrativa que abre delicadamente un ataúd de perfecta empatía y emotividad.
Luego devoré Los Sopranos, un punto de inflexión en la televisión moderna. Digna de Puzo y Coppola, cada capítulo contaba con una trama aldente y un guión tan grandote como el eterno Gandolfini.
En un comienzo, Mad Men logró emborracharme, su dirección de arte etílica y humeante enmarca una obra inquietante y certera, pero, a mi juicio, sus últimas dos temporadas se perdieron en subtramas inútiles, personajes innecesarios y capítulos tan predecibles y aburridos como las campañas que vendía Don Draper.
House of Cards tiene actuaciones notables, aunque lo más interesante fue el romper paradigmas de entrada, ya que Netflix estrenó todos los capítulos de una sola vez.
De las que orillan la risotada, me quedo con el humor cruel, la carcajada dura, corrosiva y patética de Extras y The Office (la versión inglesa of course).
Lost prometía, pero sólo vendió humo con olor a intriga (siempre hay que dudar de cualquier serie en que casi todos sus protagonistas parezcan modelos de pasarela). Su guión inverosímil, el abuso de un suspenso empalagoso y la mitología de pacotilla, simplemente terminó confirmando lo que era: un pésimo sueño.
Tampoco me gustan las series de zombies, las de imaginería medieval y las que tienen cara de cómic.
Doctor House me parece de una estructura insoportablemente arrogante y una formulita que se adivina rápido y con Dexter, gracias pero paso, tanta sangre y truculencia me da fatiga.
The Americans se deja ver; recién en su primera temporada, la historia está ambientada en el Washington de los ochenta (plena guerra fría) y relata las aventuras de una familia como cualquiera, salvo que padre y madre son espías soviéticos encubiertos. Lo mejor de esta serie, aparte de los créditos de inicio y las caracterizaciones del protagonista, es su guión, escrito por un ex agente de la CIA y basado en las memorias de un ex miembro de la KGB. Aún me quedan muchas pendientes como Dowtown Abbey, Homeland y The Wire, pero tendrán que esperar, ya que mañana comienza la última y esperada temporada de Breaking Bad.
“El conocimiento es poder”, dijo el malulo míster White varios capítulos atrás y, claro, la máxima asegura que una película jamás supera al libro original, pero si usted desde el colegio no lee algo más que el suplemento de deporte, sólo por una noche detenga su intermitente zapping en una de estas series. Créame, no se arrepentirá y sus ojitos como sus sesos se lo agradecerán.
lunes, 29 de julio de 2013
México, Holanda, Darth Vader y Vicente.
México jugaba contra Holanda, en el ambiente se escuchaba la banda sonora de Star Wars, mi mujer estaba completamente drogada, los doctores más preocupados del partido y yo, a centímetros de un desmayo. Casi terminaba junio del 98 y aquel día nos convertiríamos en padres por primera vez.
Nunca me han gustado las inyecciones, tripas y operaciones. A los temas sanguinolentos les tengo una fobia de palidez horizontal y sudor antártico; por lo mismo, cuando el obstetra preguntó si entraría al parto, una patota de pingüinos bailando tap desfiló por mi espinazo, pero, con la valentía del que no tiene salida, acepté.
En vez de una clínica con cara de mall, optamos por recibir a nuestro hijo en una maternidad que, cheque en garantía de por medio, promovía técnicas más cariñosas y menos traumáticas. Hasta incluían música al momento de parir, aunque jamás imaginamos que por azar sería el soundtrack de Darth Vader y sus clones (al menos no nos tocó el de La profecía o del Bebé de Rosemary).
El día señalado por la matrona llegamos tempranito a cronometrar contracciones, medir dilataciones y esperar lo mejor. Mi papel se limitaba a tomar la mano de mi Amarilis, decir frases de lugar común estilo “tranquilita, todo va a estar bien”, mirar un reloj que parecía cangrejo caminando para atrás y vivir un simulacro lento, ansioso y pegajoso. Así pasó gateando la mañana y el almuerzo, mi futuro Minimí se negaba salir hasta que, finalmente, con mi guata vacía y el corazón en la garganta llegó la hora.
Con torpeza marucha me vestí de cirujano, inhalando por la nariz y exhalando neura, entré al pabellón y un charchazo yodado casi me botó. Mi princesa Leia estaba en la camilla gritando como Chubaca, el anestesista aplicando dosis de sonrisas epidurales y un par de facultativos lamentando que no podrían ver el partido que daban a esa hora; incluso, uno de ellos me propuso entrar un televisor al pabellón. A mi cara descompuesta respondió: “estoy bromeando”.
Para superar la prueba coeficiente dos de glóbulos rojos, entré mentalizado sólo en apoyar a mi mujer, es decir, jamás iría a mirar el sector sur, así que ubiqué una silla en la cabecera de la cama y comencé a acariciar ansiosamente la carita de Amarilis, pero ahí comenzaron los problemas, ya que el entusiasmo del doctor tiñó mi incolora tranquilidad de bermellón. “¿Trajiste tu cámara?, esta es una buena toma”, me dijo con ojos sicópatas. “Por supuesto que no”, le contesté. “Ven a ver a tu hijo dentro del vientre”. “No gracias”, le dije. “¡¿Pero cómo te vas a perder lo más maravilloso del mundo?!”, insistió el galeno. NO QUIERO pensé, pero, asumiendo que al aceptar se acabaría la tortura, me levanté, caminé con mis zapatos verde clínico y pude ver la pequeña cabecita de mi hijo. “¿No es hermoso?”, me comentó. “Sí”, respondí, y cuando empezó a mostrarme detalles del parto (como un balde que estaba en el suelo para recibir la placenta), esquivé el mareo y volví a mi asiento de actor secundario, pensando en que quizás qué me pediría después (¡¿que corte el cordón umbilical con los dientes?!).
“¿Lo viste?”, me preguntó Amarilis. “Sí”, le contesté, “se parece a ti”.
Como el doctor había programado un parto natural, todo se complicó. Mi hijo era más grande de lo esperado y mi mujer más pequeñita de lo imaginado; entonces ella pujaba, luchaba, el crío no nacía y los latidos de su corazoncito se apagaban. Todos se pusieron nerviosos, corrían hablando cosas que yo no entendía. Alguien propuso hacer una cesárea de urgencia, cosa que el médico rechazó con la palabra fórceps y claro, mis miedos se pusieron metálicos cuando apareció la herramienta más espantosa y truculenta jamás imaginada, una especie de tijera-calzador de zapatos de payaso, que no tenía nada de divertida y que parecía sacada de una película de Cronenberg. Recordé historias terribles de niñitos que por culpa de aquel infernal instrumento habían tenido daños irreparables y sólo me quedó encomendarme al destino, a Dios o a Ovi Wan Kenobi. La mezcla entre fatiga, impotencia y nerviosismo me hizo bajar la vista al suelo y, en ese momento, el doctor hizo un movimiento brusco pateando el baldecito que había debajo del alumbramiento, que se deslizó por el piso hasta llegar justo al punto focal de mis ojos. En su interior, la placenta en pleno, muchísima sangre, gasa y algodones amarillos. El desmayo era inminente, hasta que un pequeño llantito suturó mi palidez convirtiéndola en la alegría más grande de mi vida: había nacido Vicente.
Eran las 16.44, México perdía dos a cero contra Holanda y Darth Vader ya le había dicho a Luke que era su padre cuando, por primera vez, recibí en brazos a mi hijito. Su carita estaba llena de moretones y machucones, pero era precioso y sí, definitivamente, se parecía a su madre.
sábado, 1 de junio de 2013
sábado, 13 de abril de 2013
Corazón Pirata.
Justo en la época en que un cover de “Maldita primavera”, interpretada por Javiera Parra sonaba en cada radio, el fin del invierno también me maldijo con una de esas alergias que se visten de resfrío y como, en promedio, lanzaba 30 achús por minuto me quedé en cama. Aburrido de embetunar con estornudos el libro que leía, encendí la tele buscando las noticias del almuerzo y me topé con un despacho en directo donde, acompañado de “artistas” nacionales, un periodista cubría el lanzamiento de una campaña antipiratería. La nota se trataba de encarar, en una calle de Providencia, a los vendedores bucaneros para explicarles las consecuencias de sus fechorías. Entre los presentes, recuerdo a Javiera Parra y al inconfundible Alvaro Scaramelli (sí, el mismo de los locos rayados y otras canciones que por suerte pude olvidar), entonces, mientras una comerciante regordeta guardaba calladita su mercancía de parche en el ojo, Parra se acercó diciéndole “por favor, señora, lo que usted hace nos perjudica mucho”. Incómoda como pata de palo, la filibustera ambulante sólo trataba de esfumarse rapidito hasta que, aprovechando el envión mediático de las cámaras, Scaramelli se tiró al abordaje con un “vamos a quedar sin trabajo si continúa pirateando nuestros discos” y, en ese momento, la vendedora levantó la vista y frente a todo Chile contestó “¡¡y quién te ha pirateado un disco a voh!!”. Una respuesta tan linda como mascarón de proa y que logró que la risa explotara por mi nariz. Me sentí afortunado por estar frente a la pantalla en uno de esos momentos épicos y fuera de libreto de la televisión chilena (también pude ver en vivo y casi muerto al Mago Oli en el Festival de la Una, y en el canal de Valparaíso, a la tía Patricia preguntándole a un niñito de 4 años ¿cuál era el pajarito que tenía el pico más largo? y el pequeñín con lengüita inocente contestándole: el burro), pero bueno, la idea no es hablar de trucos fallidos ni chascarros televisivos, porque el tema de esta columna es la piratería y, aunque no me parece que lucren con el trabajo intelectual de otros, estoy a favor de bajar canciones, películas y hasta libros por internet sin pagar un peso. De la ley SOPA jamás beberé, porque creo que compartir un archivo digital es lo mismo que prestar una novela o grabar un casete de la radio (huy se me cayó el carné) y regalárselo a la niña bonita del barrio. Además, gracias al bendito download, puedo ver películas que en Chile jamás llegarán a los multicines nacionales porque no las protagonizan multiautos chocadores, multirromances relamidos ni multiadolescentes vampiros.
Lamentablemente, la marca de la calavera y el loro al hombro es la única forma de que la cultura y la entretención (que no sea ver un desfile de celebridades de medio pelo por una alfombra viñamarina) dejen de ser un privilegio de pocos, ya que, para la mayoría de nuestros compatriotas, comprar un buen libro (con ese impuesto antojadizo y testarudo), una película o un disco original es realmente prohibitivo y, por último, si las autoridades son capaces de darle un perdonazo a la multitienda que evadió millones en impuestos por un supuesto bien mayor, también deberían pensar que el poder disfrutar un largometraje es la manera que muchos chilenos tienen para olvidar, al menos por un ratito, la feroz cuota que deben pagar a fin de mes.
Afortunadamente, cada vez son más los escritores que ven la piratería como la nueva difusión, por ejemplo, después de que en Rusia subieron un libro de Paulo Coelho a internet, nació una demanda que lo ha hecho vender más de doce millones de ejemplares (definitivamente, el vodka también afecta el buen gusto), así como, para algunos músicos, la fiebre del torrent a destajo no es otra cosa que la radio del siglo XXI, capaz de abrir mercados gigantescos de curiosas y nuevas orejas. Incluso hay diarios como este, que puedes leer gratuitamente en línea (seguramente usted así lo está haciendo) y multiplican sus ingresos al llevar sus avisitos publicitarios a miles de miradas extras. En vez de llorar, los sellos discográficos deberían lanzar ediciones piratas, sin cuatricromía ni folletitos, a un precio que compita con el corsario de la esquina y con el hacker del cibercafé, porque más que controlar y censurar, en adaptarse está la solución. El mundo no es el mismo de hace diez años ni diez meses, todo se mueve a la velocidad de un clic y las ganas de escuchar, ver y leer, se le desparrama de las garras a un sistema impotente y codicioso, porque somos millones los que no vamos a parar de bajar y compartir. Ya lo dijo proféticamente don Alvaro Scaramelli en una de sus canciones;
“Es el mundo de los inadaptados,
es el mundo de los incomprendidos,
es el mundo de los locos rayados,
es el mundo de los seres divinos,
oh, oh, oh, oh, oh, oh, oh, oh” .
jueves, 7 de marzo de 2013
sábado, 2 de febrero de 2013
jueves, 17 de enero de 2013
sábado, 5 de enero de 2013
sábado, 15 de diciembre de 2012
viernes, 16 de noviembre de 2012
domingo, 4 de noviembre de 2012
miércoles, 10 de octubre de 2012
lunes, 1 de octubre de 2012
Pequeños atentados a la vida cotidiana.
Inefable, era el término que mejor retrataba al bueno de Agustín, guionista como pocos pero, como muchos, sin pitutos ni presupuesto para filmar. Un talento en tres actos que escribía igual que un ataque de tos; sin comas ni punto aparte, repentino, impetuoso y preciso. Siempre tratando de convencer, al que le prestara oreja, de que las palabras no tienen sinónimo y existe sólo una que dice exactamente lo que quieres, “el resto pega en el palo pero nunca es gol”. Odiaba el efectismo, las rimas y el ingenio de poco precio, tampoco era amigo de adverbios y adjetivos, él prefería que el contexto diera el sentido a la narración. Agustín era un verdadero Carver criollo, un “realista sucio” a chorros y sin miramientos, pero como el pan no se puede redactar ni las tripas se calman con un verso, tenía que trabajar de cualquier cosa para escribir el puchero diario y desabrido con alma de sopa de letras. En su currículo de fritanga, atendió un local de pollo frito, vendió cursos de inglés, repartió volantes y hasta en los pasillos de varios supermercados se disfrazó de perro Chocapic. En el día, era un provinciano más en la capital, otra gota de la marea humana que lucha frágil para no evaporarse, por las tardes, en el taller literario donde me lo topé, era la pluma más diestra y siniestra que conocí.
Una noche de schopería, de esas en que nos negábamos a dejar de ser escritores (después de todo, a la mañana siguiente había que volver a ser publicista o perrito Chocapic), con la mirada clavada en el concho de cerveza que moría tibia en su vaso, Agustín me confesó; “Soy un terrorista”. Imaginé que me hablaría de lautaristas o frentistas y me incomodé, lejos de mi derrotero estaba enrolarme en un brazo armado y tampoco me interesaba saber mucho más de lo que recomendaba la prudencia pero no, él no usaba metralleta ni tenía chapa, su lucha era tan apolítica como solitaria, lanzando bombas molotov llenas de contenido y reflexión. Su objetivo eran los videoclubes, en especial, los de esa cadena importada que luego cambió de nombre y que hoy se encuentra en vías de extinción. En una protesta anónima y poética, arrendaba las películas más comerciales que podía encontrar, esas que parecen panfletos proselitistas tratando de reivindicar un sistema de hacer cine que no compartíamos y que continua embobando la sesera y extirpando cualquier forma reflexión (que no sea el discernir entre cabritas dulces o saladas), entonces, Agustín sacaba la carátula y la fotocopiaba borrando el comentario original. Luego volvía a tipiar la crítica que aparecía al reverso de cada VHS y donde decía “una excelente comedia norteamericana, protagonizada por una singular familia que pasará unas vacaciones que nunca olvidarán”, él reescribía “una basura de película, con gacs repetidos, diálogos sin contenido, una trama que denigra a la mujer y con un final tan predecible como aburrido. Si no quiere perder 117 minutos de su vida, déjela inmediatamente donde la encontró”. Me mostró una lista de más de cuarenta títulos que ya había bombardeado; Top Gun, todos los Rockys y Rambos, Reto al destino, Dirty Dancing, Cocktail, La chica de rojo y otras que afortunadamente mi memoria se encargó de borrar. Nos reímos, lo felicité por su acto subversivo y al despedirnos, juré unirme a su célula terrorista para convertirme en otro vengador del séptimo arte aunque, debo reconocerlo, jamás realicé atentado alguno.
Antes de que terminara el taller, Agustín desapareció y nunca más supimos de él, alguien dijo que se fue a España, otro que volvió a su pueblo, lo cierto es que como no existían celulares ni tenía teléfono en la pensión donde vivía, el contacto se perdió igual como una película carente de guión, igual como tantos talentos se pierden en este país por falta de oportunidades y financiamiento, por prejuicio, burocracia, políticas poco claras o favores con cara de beca a los que su único mérito es tener pituto, igual como muchos deportistas se aburren de mendigar un auspicio para seguir compitiendo, igual que los músicos clásicos deben tocar en fuga rumbo a un país donde el arte sí importa, igual como la mayoría de los escritores, actores, guionistas, dramaturgos y poetas nacionales que, simplemente, tienen que dedicarse a otra cosa. Sí, en este país hay una patota de temas pendientes pero alimentar la cabeza, la cultura y la conciencia también es de suma urgencia.
En Facebook, Linkedin y Twitter, sigo buscando al bueno de Augustín, siempre con un “not found” de resultado. Cada vez que voy a un video club me acuerdo de él (y leo los reversos de las películas que les daba arcada aunque claro, nunca he podido encontrar alguna de sus bombas). Lo mismo me pasa cuando entro a un supermercado y veo un tipo disfrazado de perrito Chocapic.
lunes, 10 de septiembre de 2012
sábado, 1 de septiembre de 2012
domingo, 12 de agosto de 2012
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