lunes, 20 de diciembre de 2010

Una pequeñita historia de Navidad


Dedicada a todas las personas que, aunque ya partieron, siguen estando con nosotros.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Ojos cojos.



Epílogo: El sábado en la mañana, un director de la Unión leyó la columna y le gustó tanto que me contactó para ofrecernos ver el partido en uno de los palcos del Santa Laura. La Unión ganó 2 a 0 y mi viejo parecía cabro chico. Hace mucho que él no se veía tan feliz.

El Guadalupe


lunes, 30 de agosto de 2010

Un título para Chile.


Recomiendo no leer el textito destacado en magenta. Lamentablemente adelanta el final de la historia.

lunes, 16 de agosto de 2010

Un santo en la corte.


Dedicado al Hermano Fernando de la Fuente y a todos los profesores de vocación que buscan un mejor futuro para los jóvenes de este país.

Tarde de perros.


Quiero aclarar que en esta columna sólo me refiero a ALGUNOS defensores de los animales, no a todos, no dudo que mucha gente realmente ayude a los perrito pero mi crítica va dirigida hacia los que se afanan en aguachar quiltros y dejarles comida en la calle pensando que así les hacen algún bien. Siento que los animales que están botados sufren una muerte lenta e indigna, por eso porpongo la eutanasia selectiva, una muerte rápida e indolora (como lo hacen todos los veterinarios de los perros enfermos de gravedad) de los ejemplares más enfermos. Al menos creo que es un problema serio, profundo, que es necesario debatir y que, lamentablemente, no se ha solucionado con el esfuerzo de algunos pocos.

martes, 6 de julio de 2010

Prefiero el fútbol que el Mundial

Ya empezó el partido?", preguntó ella. "Llevan media hora", contestó Rodrigo, sin sacar la vista de la pantalla. "Me encantan los mundiales", dijo la mujer, mientras tomaba palco en el mismo sofá donde su esposo se extasiaba con gambetas. En menos de un minuto la señora volvió a disparar: "¿Y quién está jugando?". "Camerún contra Suecia", respondió su marido con la paciencia en los descuentos, "y ¿cuál es cuál?", inquirió ella. "¡Suficiente!", gritó él. La respuesta era tan obvia que sin necesidad de mostrarle tarjeta roja, Rodrigo la expulsó de la habitación.

La anécdota ocurrió en el Mundial del 94 y demuestra que para un futbolero como yo, ver una pichanga es como ver una película, por lo mismo, siempre es preferible estar solo que mal acompañado, pero como el Mundial está de moda y nadie quiere "perdérselo", generalmente terminamos frente a la tele tratando de ver un partido (TVN mediante) rodeados de personas que no saben que el fútbol es sagrado, por lo que se dedican a profanarlo preguntando por qué los árbitros ya no se visten de negro o haciendo un ranking de los jugadores más guapetones, sin respetar siquiera que un zurdo esté sacando un centro en velocidad.

El fútbol me gusta todo el año, no solamente cada cuatro es mi placer culpable, soy de los que pueden pasar una tarde de sábado haciendo cualquier cosa mientras escucho un partido por la radio. Sin importar quién juega, me entretienen esas transmisiones donde los relatores tejen sus clichés y donde el sonido de una alarma de gol es capaz de paralizarme el corazón (sobre todo, si mi querida Unión Española está jugando a la misma hora sin que nadie lo transmita).

Quizás este amor se deba a que el fútbol me hace volar a la infancia o porque me parezco a mi viejo, no lo sé, lo único que tengo claro es que el cariño dura sólo mientras la pelota está rodando; lo que está fuera de los 90 minutos me desagrada casi tanto como el equipo que sólo busca empatar. La barra brava, la farándula y un largo etcétera con alargue y definición a penales, lo único que logran es empañar la pelota.

Lamentablemente, en los mundiales la tontera se lleva la copa. En Sudáfrica, por ejemplo, se jugarán 64 partidos, lo que significa alrededor de 96 horas de fútbol; la idiotez en cambio está presente las 24 horas de los 30 días que dura el Mundial. Estoy cansado de escuchar mujeres que, con la camiseta del machismo bien puesta, alegan porque durante un mes sus maridos no les prestarán atención, aburrido también de los asomados, de las modelitos que se visten y desvisten con colores patrios y de esa insufrible canción de Shakira que tocan más que a Beethoven en la Naranja Mecánica (la película, no Holanda del 74).

Pero bueno, finalmente se apaga la tele y listo, pero lo que me resulta cada vez más intolerable de los mundiales y de los partidos de la Selección en general es el chauvinismo irracional y despreciable que juega de titular en las cabezas de mucha gente, el patriotismo prepotente que sale a la cancha en conversaciones cotidianas o ese racismo obsceno y lapidario que hace rato debería haber colgado los botines. Incluso, a personas que parecen sensatas las escucho descalificar un país o una cultura sólo porque metieron un gol más que nosotros.

El último partido de Chile lo iba a ver con mis hijos y mi mujer, pero apareció por mi casa un amigo al que nunca le ha gustado el fútbol. No me avisó, simplemente llegó de hincha (pelotas), con sombrero de Chile, la cara pintada, bandera de capa y hasta con vuvuzela (la que requisé de entrada). Cuando todavía íbamos empatando me pidió que le explicara la ley del "outside". No le di bola, ni siquiera le aclaré que se llama "offside". Luego vino el primer gol y empezó a insultar el color del brasileño que saltó más alto que nuestros defensas, ahí le mostré amarilla. "A la próxima te vas", le advertí. No habló más.
Con el final del partido pasó de la rabia a la pena, básicamente, porque ya no podría ir a celebrar a Plaza Italia. Yo, en cambio, no quedé tan triste, me lo esperaba, como soy de la Unión, de Chile, de España y del Gijón (en ese orden), tengo claro que en esta afición hay más luto que vuelta olímpica. Las penas del fútbol se pasan con fútbol y vendrán nuevos mundiales, entremedio se decantará la tontera y volveremos los de siempre a sintonizar la radio en busca de un partido, esperando que suene una alarma de gol.

miércoles, 23 de junio de 2010

Rakastan sinua poika.

La nota alta de la noche la dio la historia de Totito. Cuando recién llegué a Barcelona, hace dos meses, un amigo me invitó a una comida en su casa, y antes del postre, nos habló de su tío abuelo un señor de 92 años, vallisoletano, músico jubilado y patiperro de vocación, al que todos llaman Totito y que dedicó su vida a recorrer el mundo con su violín. No tuvo esposa ni tampoco hijos hasta hace un par de años, cuando abrió la puerta de calle y se encontró de frente con otro abuelito que lo abrazó y en un muy mal español le dijo: "Papá, soy su hijo, vine a estar contigo".

Claro, Totito no sólo tocó el violín en sus viajes, y fue así como una noche, después de un concierto en Helsinski, conoció a una especie de grupi de la época y haciendo un dueto al ritmo de una botella de vodka, interpretaron la sinfonía más antigua de la humanidad. La obra que compusieron se llamó Kalevi y 72 años después estaba parado frente a la casa de su papá.

Debo aclarar que la tocata y fuga de Totito se debió a que la madre del niño, como buena mujer del frío y calculador norte de Europa, sacó cuentas y concluyó que recibiría más ayuda del Estado finés como madre soltera, que de lo que imaginaba podría enviarle el violinista de una noche. Entonces, lo que duró una semifusa se eternizó en un silencio de redonda. Pero al escuchar al pequeño y arrugadito Kalevi, Totito no desentonó, lo dejó entrar (no sólo a su casa) y tomó la batuta de la relación convirtiéndose en un verdadero padre para el jubilado crío.

Mientras mi amigo seguía con la historia, el resto de los invitados bromeábamos imaginando a Totito en una plaza columpiando a su hijo-abuelito o poniéndole bloqueador y alitas para llevarlo a la piscina, dándole un platanito molido a cucharadas o recibiéndolo en su cama a medianoche porque tenía "shushto" (dicho así no por guagualón, sino porque Kalevi se sacaba la placa antes de acostarse).

Seguramente, en vez de enseñarle a andar en bicicleta le mostraría cómo usar una silla de ruedas, o si nunca hablaron de sexo, podrían tener una conversación de hombre a hombre sobre el examen de la próstata. Aunque lo más probable es que el hijo terminara cambiándole los pañales a su padre, hicimos un brindis (con vodka obviamente) por el tiempo que pasaron juntos. En esos tres meses se conocieron y se disfrutaron comprobando lo mucho que se parecían; tenían la misma pelada, los dos sufrían de gota crónica y compartían igual grado de astigmatismo en el ojo derecho.

Se divirtieron como niños, pero llegó el día en que Kalevi tuvo que volver a su Helsinski, así que se despidió con un fuerte abrazo y un: "Chao, papá, me hiciste mucho muy feliz".

Lo que más me gusta de Totito, es que está dedicando el resto de la poquita vida que le queda a su nórdico hijo. Todos perdemos tiempo en este mundo y por mucho que lo intentemos es imposible recuperarlo, lo único que podemos hacer es no desaprovechar lo que nos queda, como Totito, que no gastó ni un segundo en recriminaciones, ni en buscar culpables, ni reprochar a nadie; "lo pasado, pisado", como dijo él, y a mirar para adelante. Bromas aparte, hasta el día de hoy le manda una mesada a fin de mes a su hijo, un regalo para el cumpleaños, para el santo (sí, se averiguó cuándo se celebra San Kalevi) y para la Pascua de Reyes. El resto del tiempo, Totito recorre los mismos bares de Valladolid donde antes mostraba su virtuosismo con los arpegios y escalas, pero ahora mostrando algo mucho más importante para él, la foto de su "pequeño".

Hace unos días llamé a mi amigo de Barcelona para saludarlo y obviamente, preguntar cómo estaba el bueno de Totito. "De maravilla", me contestó, agregando que lo último que supo es que su tío abuelo había tomado un curso básico de finlandés por internet (para lo cual primero tuvo que aprender cómo se usa internet) y este fin de semana volaba a Helsinski.

Después de cortar, me quedé pensando si el viaje lo hacía justo ahora porque este domingo es el Día del padre. Pero no lo creo. De lo único que estoy seguro es que, al igual que Totito, voy a recibir el mejor regalo que a un papá le pueden dar, porque en estos momentos yo también debería estar arriba de un avión, volando directo y sin escalas a los brazos de mis hijos.


Dedicada a Fidel de Castillo, a su familia y por supuesto, a su tío abuelo Totito.

lunes, 29 de marzo de 2010

Don Cachito


Dedicada a todos los diseñadores, redactores, ilustradores, fotógrafos y gente que trabaja en creatividad.

lunes, 15 de marzo de 2010

Buenos días.


Acá está lo que pienso del terremoto. Ojalá que esta catástrofe sea como la embolia que le da al viejo mañoso y mala onda y que después de ver la muerte tan cerca, se da cuenta que ha perdido el tiempo y cambia radicalmente su forma de vivir.

jueves, 4 de marzo de 2010

El gusto el mío.



Esta fue la columna que aperació el día del terremoto, la verdad es que me daba un poco de pudor publicarla porque obviamente el país tiene mayores preocupaciones, pero ya que muchos me lo han pedido acá está... Claramente está dedicada a Octavio.

miércoles, 3 de febrero de 2010

¡Acúsalo con tu papá Cuico! (original)

En el suplemento de Tendencia no se puede hablar de política directamente. Este es el texto original de la columna que lamentablemente tuvo que ser modificado.


¡Acúsalo con tu papá Cuico!

Las dos primeras semanas del año estuvimos con mi familia en Isla de Pascua. La noche que llegamos y mientras comíamos en un restaurante, un santiaguino joven, de una mesa cercana, comenzó un escándalo porque no le aceptaban su tarjetita de crédito. Con los malos modales del continente y envalentonado por el par de daikiris le gritaba al mozo: “¡¿tienes idea con quién estás hablando?!”, y su prepotencia traposa no terminaba ahí “¿sabes quién es mi padre?” repetía, “El que se acostó con tu madre” respondió el pascuense con ese humor seco que caracteriza a los Rapa Nui. “¡¿Qué te has imaginado indio de mierda?!”, dijo el capitalino lanzándose sobre el chaparrón de combos que de seguro iba a recibir. Afortunadamente para él, su polola amainó la paliza pagando la cuenta en efectivo y llevándose al cuiquito (que seguía amenazando con que se iban a acordar de él). Nunca supe de quién era hijo el malcriado, aunque me gusta imaginar que eso de creerse el “te pito o te henua”, también hubiera avergonzado a su “santo” padre.
Todos mis amigos son hijos del rigor y pocas veces me he cruzado con personas cuyos padres son famosos. Recuerdo básicamente a tres, aunque debo aclarar que nunca, ninguno de ellos, ocupó su árbol genealógico para obtener fruto alguno. El primero es un director de cuentas, hijo de un conocido animador de televisión que en los ochenta aparecía echándose agua mineral en la cara. La segunda es la hija de Luis Dimas, fuimos compañeros y amigos en la Universidad (una tarde que estudiábamos para una prueba, mi amiga me dejó unos minutos solo en el comedor, sin pensarlo tomé la antorcha de plata que tenía su papá en el living y me arrodillé emocionado, jugando a que recibía el galardón, cuando estaba diciendo mis palabras de agradecimiento apareció su mamá, quien afortunadamente no era ningún monstruo y tenía tan buen humor como su hija). Al tercero lo conocí en una de las agencias que trabajé. Un día corrió la noticia de que había llegado al puesto de junior el hijo de la momia. “¿Qué hace acá el hijo de María Angélica Cristi?” pensé, pero no, era el hijo de la Momia del “cachacascán”, ese personaje de la lucha libre, el de los Titanes del Ring y que a punta de patadas voladoras acortaba las tardes de domingo en la Televisión Militar de Chile. No lo conocí mucho, aunque alguien me contó que el “Momita”, una vez le confesó que lo único malo de ser hijo de su padre, era que en las fiestas siempre aparecía un curado que, luego de enterarse quién era su progenitor, lo desafiaba a pelear.
Está claro, si alguno de tus padres fue alguien mediático y talentoso es imposible que no te comparen con él. Lo lamentable es que la gran mayoría de los hijos de tigre, cuando siguen los pasos de sus padres, no llegan a ser más que simples mininos. Como el hijo de Pelé, que sólo logró convertirse en un arquero del montón, y que su papá le hubiera metido media docena de goles de haberlo enfrentado, o sin ir más lejos, el reciente candidato presidencial que salió segundo y que no solamente no sacó la mayoría de los votos , si no que tampoco, ninguna de las grandes virtudes de su padre. El carisma y esa oratoria conmovedora, que parece estar en vías de extinción en la política chilena, definitivamente tampoco fueron heredadas por don Eduardo Junior.
Quizás por el hecho de que muchas veces sus descendientes no son muy brillantes, algunos de estos padres famosos usan sus influencias para darles una manito (o un brazo entero) a sus retoños, basta recordar todas esas becas presidenciales que, tiempo atrás, se repartieron entre hijitos de ministros y colaboradores varios del gobierno de mamá. Una vergüenza para nada huacha y que en Chile llamamos pitutocracia y en el resto del mundo nepotismo.
Pero bueno, debe ser muy triste que sólo te reconozcan por ser el hijo de, como bien lo supo el anónimo John N. Hemingway, cuyo gran mérito fue ser hijo de Ernest Hemingway, hasta que creció, se casó y entonces se convirtió en el padre de Margaux Hemingway. Un verdadero jamón del sandwidch de la fama.
Cuando volvíamos a Santiago nuevamente nos topamos con el hijito de la prepotencia. Estaba sentadito en business (no me cabe duda que con los kilómetros del papá), bien bronceado y con anteojos oscuros. Aunque no lo pude confirmar, pensé que finalmente sí se habían acordaron de él y los lentes los usaba para esconder el ojo morado que le habían dejado como lección. De ser así, seguramente iba volando a contárselo a su papá.

lunes, 21 de diciembre de 2009

El Papa


Dedicada a mi suegro, al Hermano Monasterio, a mi amigo Marco y a mi hijo Vicente

lunes, 9 de noviembre de 2009

El color del azar


Dedicada al Tío León, al Tony, a Claudio y especialmente a mi hermano Ángel

lunes, 26 de octubre de 2009

Soñando con el demonio




Dedicada obviamente a mi amigo Rodrigo "Flaco" Hamede y una mención especial para el amigo "Koata" de Raki Raki, Fiji.

jueves, 15 de octubre de 2009

El Oso 80 (así salió)


también dedicada a Gordoberto, no porque aparezca en la columna si no porque es mi amigo que más parece un oso...

miércoles, 14 de octubre de 2009

El Oso 80 (así era)

El Oso Ochenta
“…ya viene la fuerza, la voz del OSO ochenta”, cantó durante mucho tiempo una diseñadora amiga, que desde niña, pensaba que eso decía la canción de Los Prisioneros, hasta que en la mitad de su adolescencia y de una insufrible fogata veraniega, para coquetear con el guitarrista, le pidió que cantara algo más animado “tócate la canción del oso ochenta” le dijo, “no la conozco” respondió el proyecto de trovador, “si es súper famosa” y tuvo la mala idea de cantar el estribillo. Todos se murieron de la risa, ella de vergüenza, hubiera preferido que se la tragara la arena. Aunque el tema de esta columna podría ser la vergüenza, quiero hablar de todas esas cosas que de niños creemos que son ciertas y que con el tiempo, y de golpe y porrazo muchas veces, descubrimos que estábamos profundamente equivocados. Lo que me gusta de estos errores arrastrados, de estas certezas equivocadas y escondidas es que cada vez que aparecen, volvemos a sentirnos como niños, sin importar lo adulto o importante que seamos.
Algunas son conclusiones que uno mismo dedujo de chico, otras en cambio son inducidas, como la de un amigo que cuando tenía diez años, los pesados de sus hermanos mayores le dijeron que la canción “La pera madura” de Jorge Inostroza, la había escrito después de que el amor de su vida muriera en un trágico accidente; una pera le cayó justo en la cabeza de la mujer, el perazo fue fulminante, falleció al instante y para sobrellevar la pena, Inostroza escribió una canción, bien alegre eso sí, como a su amada le hubiera gustado. Desde esa época (y estoy seguro que hasta el día de hoy) mi amigo siempre se emocionó(a) con el dichoso tema. El engaño lo llevó incubado hasta que en una tarde de cervezas y mientras sus compañeros de universidad discutían sobre cuál era la canción más triste, (la pelea estaba entre “Era en abril” de Juan Carlos Baglietto y “Con una pala y un sombrero” de Gervasio), mi amigo propuso la de Jorge Inostroza, al principio todos pensaban que estaba tonteando, pero mi amigo insistió indignado, cómo no conocían una historia tan estremecedora. Obviamente después de contarla, las burlas fueron más fulminantes que cualquier perazo. Lo más triste es que luego del incidente, mi amigo fue a encarar a sus hermanos sin que ninguno de ellos recordara la mentira. Un director de comerciales, también amigo, constantemente usaba el término “distencio”. Más de una vez se lo escuché decir en pruebas de vestuario, “esa chaqueta le queda con gran distancio”, o “cámbienle el vestido a la modelo por algo con más distencio”, para mi era una palabra más, media siútica quizás, pero como miles de vocablos que uno no conoce, hasta que en medio de una filmación, entre escena y escena, el director, el asistente de cámara y el productor, comenzaron a recordar programas de televisión añejos, el productor mencionó el clásico “Almorzando en el Trece”, acto seguido el asistente de cámara recordó el que daban justo después “ La moda al día con Beatriz Vicencio” y aunque mi amigo no dijo nada, se dio cuenta de su histórica equivocación. La sacó barata, en ese momento nadie supo lo que tiempo después me confesó; hasta ese día, él siempre creyó que el programa se llamaba “La Moda al día con gran distencio”, atribuyéndole el significado de “distencio” a algo así como elegancia. Y como en todas partes se cuecen habas, tampoco estoy libre de cabezas de pescado, cuando tenía diecisiete años, en la casa de una polola, mi suegra me preguntó frente a todo el batallón de cuñados si me gustaban los mariscos, “no mucho” le contesté “sólo como camarones y alcaparras, nada más”. Desde el aperitivo hasta el postre me sirvieron todo tipo de tallas, de todos los calibres, el apodo de “El Alcaparra”, fue lo más suave que recibí. A la semana terminé la relación, mi polola lo entendió. Creo que por el hecho de que siempre había un frasquito de alcaparras en la casa que mis abuelos tenían en la playa, pensaba que eran bichitos de mar (incluso le veía hasta los ojitos). Y esto no para, mi hijo mayor, cuando tenía cuatro años, me preguntó si la esposa del papagayo se llamaba mamagayo, con sólo un sí o una aclaración del tipo “No hijo, se llama mamagallina” pude haber sembrado una equivocación o mejor dicho, una de estas verdades verdes, porque no son mentiras, son tonteras que creemos ciertas y que nos acompañan hasta que “maduramos” y descubrimos lo ridículo que eran. He investigado y estas verdades verdes no tienen un significante, un término, propongo llamarlas inocertezas o equivocablos por ejemplo, porque creo se merecen un nombre o al menos, una columna.

martes, 15 de septiembre de 2009

La venganza del troll


Al parecer hubo un error de edición y al publicar la columna se comieron un párrafo importante, sobretodo, para los más antiguos de Cabeza, ya que sin duda alguna, recordarán un episodio clásico en la historia de la Agencia. A continuación publico la columna en su totalidad, en negrita está el párrafo omitido.


La venganza del troll.
Hace algún tiempo trabajé con un troll. No, no es que haya estado experimentando con hongos fosforescentes o aspirando pintura serigráfica, si no que el año pasado estuvo en la agencia un redactor, que en sus ratos libres las hacía de troll. Esos desagradables internautas que por el simple placer de hacer daño, se dedican a boicotear foros, chats y blogs, provocando polémicas sin sentido, insultando, desacreditando, injuriando o llenando de spammers para finalmente asesinar, cualquier tipo de comunicación o debate. Pueden usar distintas pieles y parecer racistas, clasistas, totalitaristas, fascistas, comunistas, anarquistas o extremistas, dependiendo de lo que afecte más a la comunidad que quieren atacar. Generalmente sacan de quicio a más de un forista. Tengo amigos que no han podido dormir de impotencia después de ser víctimas de un troll, muchos terminan con una especie de “forodependencia”, visitando cada veinte minutos el computador para ver cómo sigue la “discusión”. Por lo mismo, se recomienda no alimentar a los trolls, para eso sólo hay que obviar sus polémicas, la indiferencia es el mejor antídoto. Aunque en esa época no sabíamos de su afición, el troll que trabajó con nosotros era buen creativo, inteligente, rápido y con un humor bastante cáustico. Pero también muy antisocial y al igual que sus pares de la mitología escandinava, extremadamente vago. Un día no volvió más a la agencia, fue una semana después de que su pareja lo dejó, sucedió entonces que el troll se puso trolo y despechado, subió a la web millones de pixeles con todas las fotos sin ropa que tenía de su ex polola. Una venganza muy baja, ruin y despreciable, incluso para un troll. Al igual que Goethe, pienso que “la venganza más cruel es el desprecio de toda venganza posible”, aunque para muchas culturas, tomar el camino de la venganza es la única forma de recuperar el honor. Sin ir más lejos nuestro sistema legal occidental, en muchos casos, no hace otra cosa que vengarse, a nombre de la sociedad, de quien comete un acto criminal. Pero también hay venganzas personales que son sutiles, deliciosas. Un amigo que hace tiempo ya no veo, siempre contaba una historia que, según él, le había pasado a su prima (aunque después la misma anécdota se la escuché a otra persona, así que probablemente tampoco sea de él). La mujer, a quien no conocí, estaba casada con un hombre que siempre salía con un chiste desubicado y machista. Un día ella tuvo que viajar por trabajo a Buenos Aires. Su marido la fue a dejar al aeropuerto y cuando ella estaba entrando a policía internacional y frente a todos los clientes y compañeros de oficina, el marido le grita “mi amor, tráeme una argentinita por favor” Sólo él se rió. La mujer se embarcó enojada, humillada, masticando la rabia. Volvió a Santiago un domingo en la mañana, nadie la fue a buscar. Aprovechando su “soltería”, el marido había organizado un asado con todos sus amigotes. La mujer llegó a su casa cuando recién estaban en los choripanes. El bruto sin siquiera saludarla le pregunta “¿y, me trajiste mi argentinita?” Ella, con la respuesta rumiada por varios días, le contesta “Te juro que hice todo lo posible” y poniendo las dos manos sobre su guatita lo remata diciendo “ojalá que nazca niñita poh”. Todos se rieron menos uno. Recuerdo también un compañero de básica que aburrido de que le hicieran tanta “burlin” (en ese tiempo no existía el bulling) y cansado de que los bravucones del curso le robaran sus sándwiches en el recreo, preparó uno especial con las cosas más asquerosas que un niño de trece años puede encontrar en su casa (hasta pelos y uñas bien picaditas llevaba el tentempié), también se preocupó de ponerle harta mayonesa para que la venganza llegara hasta los estómagos de sus víctimas. Obviamente de nuevo le robaron el sándwich, pero esta vez, los matones también se llevaron una intoxicación que los obligó a pasar todo el día sentados en el baño.
Desde el siglo XVIII dicen que la venganza es un plato que se sirve frío, pero no fue el caso de un director de arte (que también se dedica a hacer dibujitos para una columna) que durante una comida de aniversario de la empresa, en un restaurante peruano, y avivado por el sour catedral y las risotadas de los comensales, se dedicó molestar al mozo, también peruano, con las típicas tallas chauvinistas; que el pisco, que el cebiche, que las papas y que hasta el suspiro limeño es chileno. Finalmente los tallarines que pidió llegaron cuando los demás ya estábamos en el postre, pero el plato no se lo sirvieron frío, si no que tibio y con mucho más jugo de lo normal. Lo más probable es con una muestra de ese caldo, hubiéramos podido saber si el cocinero y los mozos tenían o no diabetes.
“Ojo por ojo y el mundo terminará ciego” dijo Gandhi y eso fue lo que casi le pasó al redactor troll después de que su ex, herida por la humillación de las fotos, publicó en todos los foros donde el ex pololo se dedicaba a insultar, el nombre real y la dirección en la cual poder ubicarlo. Siembra odio y cosecharas una paliza, aunque finalmente fueron tres las pateaduras que le dieron en menos de un día. El “redactroll” terminó en la clínica, con desprendimiento de retina, dos dientes menos y una costilla rota. Ya lo dijo Nietzsche “En la venganza, como en el amor, la mujer es más bárbara que el hombre” sobretodo, cuando el hombre a vengar, ha sido tan re poco hombre.